Deshojando Margaritas
Suelo deshojar margaritas, o lo que en realidad significa: suelo asociar muchísimos hechos con el resultado de fondo: “me quiere o no me quiere”. Lo confieso: Creo mucho en los detalles, en los significados, en las transmisiones, en las evidencias, en los mensajes. Soy una cursi ocasional.
Quizá por eso odio tanto enamorarme.
Volveré a culpar entonces a las ideas que nos meten desde niñas; esta vez le toca al acto de “deshojar margaritas”. Que tales cojudas! ni una piedra mágica, ni Reinaldo Dosantos, ni Nostradamus conseguirán algo en este escenario. Acá el amor se toma se deja, se dice y se demuestra.
Pero no, las pelotudas esperan más señales... la culpa de todo: nuestras viejas, abuelas o amiguitas, bueno en realidad todas somos víctimas de una misma generación; generación que enseñó a esperar mensajes, a aceptar buenamente lo que toca antes de reclamar, exigir o preguntar directamente.
Sé y entiendo que a veces exagero, que espero mucho, no sé cómo calmar esos deseos. Doy y espero recibir demostraciones.
Me gustaría que me importe menos, en realidad antes no me importaba tanto; no sé en qué momento me volví una cursi tan cursi.
Me consuela pensar que no soy sólo yo: Serrat dice en una canción: “la mujer que yo quiero no necesita deshojar cada noche una margarita”; imagino que este tío me entendería si le cuento lo que pasa por mi cabeza loca. Quizá no está tan malo eso de vivir enamorada, y enamorarse de las demostraciones de amor. Yo solía vivir feliz sin necesitar estas demostraciones. Pero claro, no se puede vivir sólo de lo que uno siente sin que alguien te demuestre con evidencias que está sintiendo lo mismo.
Quisiera no sentir así. Quisiera aceptar que no soy una cursi ocasional, sino que soy una cursi total. Y también quisiera recuperar mi frivolidad; mi autocontrol.
Pueda que Serrat también haya estado equivocado, y al final se dio cuenta que era un pobre e infeliz cursi.
O quizá algún día no lejano las margaritas cambien de formas. De preguntas; de respuestas.

